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miércoles, 20 de noviembre de 2013

Quién coge la sartén

El día menos pensado se me para el corazón. Aviso por si acaso. Claro que me lo he buscado yo por lista, por creerme la leche, por pensar que tenía a M. en el bote y que yo tenía la sartén por el mango. Por decirlo de manera suave y para introducir los hechos, diré que tengo un hijo salvaje. Un niño de la calle, una criatura que no quiere entrar en casa. Y, según todos los indicios, no lo he sabido gestionar. Y esa mala gestión ha hecho que hayamos adoptado a un gato sin querer.
El gato endemoniado
Juro que no quería, que yo siempre he dicho que los bichos en mi casa no entran, que jamás tendría animales y que meto la mano en una máquina expendedora de coca cola sin mirar primero si hay chicle antes que tocar a uno de esos seres peludos. Bueno, pues como en muchas otras cosas cuando llega un hijo, me he tenido que tragar mis palabras.
M. es una criatura adorable, risueña, con su dosis justa de mala uva, un niño que me deja la casa como un hospital robado en cuando me despierto medio minuto, un niño, en definitiva, que ejerce muy, pero que muy bien de persona menor de cinco años. Y esto es así exactamente hasta que escucha la palabra calle y se vuelve un ser desquiciado y bastante desesperado por huir de la casa.
Salimos todos los días, paseamos calle arriba y calle abajo en busca del gatito solitario, cogemos hojas, ayudamos al jardinero a barrer, a veces incluso me saco el manual y él da vueltas a la acera mirando las hormigas mientras yo intento hacer como que estudio. Todo muy idílico hasta que se me empieza a congelar el culo y veo que la babota que de vez en cuando asoma entre esos labios preciosos manchados de arena está a punto de congelarse y convertirse en estalactita.
Entonces, llegado ese crítico momento, digo la palabra casa e invariablemente M. huye, yo me tropiezo y al final entramos en casa cabreados, mojados, y un poco enfadados. Bueno, lo he dicho en presente pero eso es pasado. Es pasado porque, de pura casualidad, descubrí como hacer que el entrar en el calorcito del hogar no fuera un drama: me metí la mano en el bolsillo de la sudadera y saqué restos de ese maravilla culinaria que son las tortitas de maíz. Lo miré con un poco de recelo y, superadas las dudas iniciales, le tiré un poco al gato. Y el gato, después de darme un susto de muerte haciendo un ruido parecido al que cualquiera haría al morirse ahogado y haciendo también que yo maquinara en tiempo record cómo tapar el crimen sin traumatizar a M., se relamió y me miró. Y le tiré otro poco. Y mientras se lo comía, cogí al niño de la mano, niño que me miraba maravillado y haciéndome sentir la reina del mambo en plan: tengo dominao al gato y viene cuando digo pss, cosa que nunca antes había pasado. Bueno, pues llevé al pobre gato hasta la puerta de casa a base de miguitas y al llegar al umbral dejé una última miga grande, cerré a toda leche y llevé a un lloroso M. a la ventana de la cocina para ver al gato comer.
Mano de santo. Se calló al instante y la estrategia me ha estado funcionando unos días, unos maravillosos días en los que me reía para mí misma, muy ufana, mirando al gato comer y a M. mirar alucinado. Incluso calculé en euros cuánto me iba a costar meter al niño en casa: si cada paquete de tortitas cuesta X y necesito tantos trozos de tortita a la semana para meter al gato hasta la puerta… Na, la ecuación salió positiva a mi favor: ¿unos tres euros al mes y el nene feliz? A por cargamento de tortitas, me dije a mí misma.
Pero el gato me ha tomado la medida. Es listo, debe ser un gato curtido en la calle y el cabrón nos acosa. Cuando esta mañana, todavía medio dormida, he subido de un golpe la persiana de la cocina casi caigo de culo: el gato me miraba fijamente, muy serio, pidiendo comer. No le he hecho caso y me he dirigido al salón… donde me esperaba tras la persiana. Lo mismo al abrir la puerta de la calle, retozaba en el felpudo moviendo lento la cola, creo que incluso ronroneaba. M. encantado, claro, intentando tirarle del rabo mientras yo  le decía que sí, que lo que nos faltaba…
Confieso que he tenido miedo, mucho miedo. Tanto miedo que mientras íbamos hacia el coche para acercarnos a comprar tortitas para el intruso, he mirado hacia atrás varias veces, acojonada perdida. He mirado en las jardineras, en el hueco de la vasija donde enrollamos la manguera, sobre las ruedas del coche, entre las ramas podadas que esperan que las lleven al centro de compost, esperando encontrarle serio en cualquier parte pidiendo su ración. Al no verle, he pensado que no estaba, por un momento incluso he dado coba a la idea de que la pesadilla había terminado. Pero no, claro que no.
Al final, y para regocijo del enano que como puede verse todavía no controla el concepto de extorsión, el gato marrón nos ha dicho adiós desde la puerta de la urbanización, y juraría que lo último que he visto por el retrovisor antes de coger la carretera principal ha sido al maldito guiñándome un ojo como retándome a volver a afirmar que era yo la que tenía la sartén por el mango.

sábado, 16 de noviembre de 2013

DIY: solución universal

Sin lugar a dudas, la persona con la que más horas paso a lo largo del día, es M. Esto significa varias cosas: la mayor parte del tiempo huelo a galleta, M. se traga unas exposiciones sobre la Edad Media que al pobre lo dejan medio grogui, me sé de memoria casi cuarenta canciones infantiles (con tarareo de la parte instrumental incluido), a veces me encuentro argumentando cosas muy extrañas a un niño que me mira como si me comprendiese y tenemos una sincronización para algunas cosas que a más de uno lo ha dejado asombrado alguna vez.
Las herramientas de M.
Además de todo esto, pasa otra cosa: muchas de los momentos en los que escribo o leo en esta nuestra comunidad, M. está a mi vera, siempre a la verita mía, mostrando un notable interés en aporrear las teclas, en limpiar con babas la pantalla, o en poner mucho ímpetu al cerrar el portátil -muy pacífico mi chiquillo, como podéis leer-. Pero, parece ser, que además de todas estas habilidades motoras, el enano aprende cosas. Así como lo escribo. Sé que suena escalofriante, tan pequeño y tan repelente, pero es la purita verdad.
Vosotras habéis tenido la culpa. Tal cual. Tanto diy, tanto diy… pues claro, a mi niño le ha calado -que no a la madre que sigue siendo tan poquito mañosa-. El asunto comenzó hará una semana, una noche en la que M. ya dormía en su lado del sofá  y todo parecía indicar que la paz había llegado a nuestro hogar, al fin, tras un largo día. Esa paz se respiraba, lo envolvía todo, yo escribía, el padre leía, la tele emitía un documental sobre los Romanov que nos llegaba por ráfagas. En un momento dado, en medio de un post, el niño pegó un grito que interrumpió el murmullo de la narración del locutor de La 2. Mientras el padre y yo nos interrogábamos con la mirada -¿dientes?¿pesadillas?¿gases?-, me giré para darle unos mimitos sanadores de esos mágicos, cuando mi portátil, actuando por su propia voluntad,  decidió abandonar el calor de mis rodillas y rodar piernas abajo hacia el abismo de la alfombra.
Todos en la casa oímos el crack.
Una vez solucionado el problema misterioso que perturbaba el sueño de M., me dispuse a analizar los daños: cable de batería aplastado incapaz de hacer conexión con su clavija. Contra todo pronóstico, pasó que no perdí la calma, y tras casi una hora de intentos, conseguí encontrar una posición en la que el cable hacía contacto y el simbolito de la batería comenzaba a engordar y a alimentar con un rayo potentísimo la vida de mi ordenador. Bueno, pues esa solución de emergencia me pareció un milagro, de tal modo que llegó un momento en el que incluso me plantee no arreglar el ordenador, tirar con este sistema precario y ahorrarme el arreglo. Craso error. Al más mínimo movimiento, el puñetero se desconectaba y me quedaba a dos velas.
Cuando mi paciencia y la de M., que el pobre había visto limitados sus movimientos a un metro a la redonda del ordenado, se vieron sobrepasadas por las circunstancias, decidí llamar al servicio técnico. Tras más de dos horas de mails que no llegaban a su destino, llamadas infructuosas al teléfono de atención al cliente, cuatro o cinco apagones del ordenador e improperios varios de pura desesperación, M. decidió tomar cartas en el asunto y solucionarlo poniendo en práctica el mejor diy que nunca se haya visto, el diy universal, el diy al que se recurre cuando ya no queda nada más a lo que recurrir: el consabido mamporrazo al objeto estropeado. No me preguntéis qué hizo ni cómo lo hizo, pero ha sido la galleta mejor metida de la historia: el cable vuelve a cargar el ordenador en cualquier posición.
Me quedé mirándole unos segundos, bastante sorprendida y ligeramente acojonada,  sin saber muy bien qué decir: acababa de presenciar un acto semiviolento -iba con bastante mala leche, todo sea dicho-  llevado a cabo por un enano que, sin embargo, había servido para arreglarme el ordenador por la patilla. ¡Me encontraba ante una disyuntiva educativa de manual! Al final le di un superabrazo, un miniaplauso y otro minirapapolvo: tú, M., esto de dar leches sólo cuando mami lo diga y dónde mami diga ¿eh?… a no ser, vida mía, que tengas tan claro como lo has tenido en esta ocasión que el golpetazo va a ser la solución y nos vamos a ahorrar unos cuantos eurillos…
Nos partíamos de la risa mirándonos agradecidos: supongo que él porque por fin podía volver a campar a sus anchar por todo el territorio y yo…por los cuarenta euros que me he ahorrado :D

jueves, 14 de noviembre de 2013

La ley de la mandarina

Hay una serie de enseñanzas vitales que una madre siempre querrá traspasar a sus hijos. Entre estas enseñanzas, una de las más fundamentales y que yo ya he empezado a aplicar es la Ley de la Mandarina. Creedme si os digo que es una enseñanza que los descendientes siempre agradecerán, pudiendo a su vez legal los fundamentos básicos de la Ley a generaciones venideras. Es la Ley una ley un poco escurridiza, hay veces que se olvida y una vez olvidada, sin que haya marcha atrás, uno se acuerda de ella dando una patada en el suelo y asegurándose a sí mismo que nunca más volverá a ocurrir semejante desatino.
Mandarinas a punto de ser sometidas a la ley
La Ley de la Mandarina es una enseñanza que ayer, por primera vez en este otoño, tuvimos a bien desempolvar, para sacarla del letargo y que empiece a funcionar durante toda la temporada; aplicar sus principios es la única forma de que la experiencia de comerse uno de estos frutos sea una experiencia satisfactoria.
Como toda historia tiene un principio, ésta comienza sobre la una y media de la tarde de ayer, más o menos, cuando apareció mi madre (ya plenamente recuperada) cargada, además de con tres bolsas de fruta, con una sonrisa de plena satisfacción: el puesto de fruta y verdura de los miércoles seguía en su lugar después de su mes de ausencia y el frutero acababa de reponer algunas de las variedades, por lo que se traía el género frejco, frejco. Mi madre es una de esas madres que se imaginan las vitaminas como bichitos buenos corriendo garganta abajo hacia nuestro sistema inmunológico, de tal modo que ella ve un plátano y se imagina el potasio fortaleciendo un músculo; o ve una granada y se imagina que nuestros pulmones se ponen una bufanda de vitamina C, por ejemplo. Así que para ella esas tres bolsas eran salud para la prole, de ahí su sonrisa de satisfacción.
El caso es que entre ese montón de fruta, había un kilo de mandarinas. El primer kilo de mandarinas del otoño, nada menos. Cuando llegó el momento del postre, mi madre sacó cinco o seis de ellas y las puso en el centro de la mesa, momento en el que mi hermana, M. y yo empezamos a mirarlas, enfrentándonos a la tremenda tarea de elegir por cuál empezar. Estábamos mirándolas, en círculo alrededor de ellas, como si tuviéramos rayos láser en los ojos y supiéramos, así desde fuera, cual era la más rica de todas. Empezó entonces, en ese preciso momento de tensión, la enumeración de los principios de la Ley de la Mandarina.
El primer paso es coger una que no tenga verde por fuera. Puede parecer de cajón, pero a veces engañan y están naranjas por arriba y verdes por debajo, y una se da cuenta cuando ya la ha pelado y no queda más remedio que zampársela. Este principio M. no lo ha pillado bien, cogía la que más a mano tenía. En fin, tiempo al tiempo.
Una vez escogido el ejemplar más apetecible, llega el momento de pelar el fruto. Es este, sin lugar a dudas, el paso menos agradable: hagas lo que hagas, mañana te olerán las manos a mandarina. M. también parece pasar del paso número dos porque jugaba con las cáscaras con verdadero regocijo: al final le olían a mandarina hasta las orejas. Tras este momento, es necesario quitar cuantos más pelitos blancos, mejor. Aquí entra en juego la paciencia de cada cual. Yo tengo muuuucha paciencia para esto, pero mucha, mucha. Pueden estar los demás terminando de poner el lavaplatos y yo seguir dale que te pego a quitar pelitos.
Y, al fin, tras este complicado paso, llega el momento en el que aparece el último principio de la Ley de la Mandarina, podría decirse que es su principio básico, su máxima vital. Su enunciado reza más o menos así: una vez probado el primer gajo de la primera mandarina, y si éste ha satisfecho al consumidor de manera plena en cuanto a sabor y textura, deberá aparcase esa mandarina en un lateral del plato. A continuación, repetir todos los pasos anteriores hasta el de quitar los pelitos con otro ejemplar y proceder a comer esa segunda mandarina. Tras esta, volver al ejemplar número uno y acabar la experiencia gastronómica con él. Hay otra vertiente: también vale dar el cambiazo al comensal de al lado (estúdiese previamente el grado de confianza que le inspira) para ver si su mandarina es mejor que la nuestra. Volver -o no- a dar el cambiazo, todo dependerá del sabor de las mandarinas.
Hay una serie de consideraciones a tener en cuenta: rara es la persona que consigue comerse sólo una mandarina. Es raro, también, que tras la experiencia maravillosa de saborear una mandarina de las buenas, la siguiente que nos toque sea igual o mejor que la primera. Por ello, es fundamental reservar buena parte de la mandarina primera por si la segunda es peor: no hay nada que produzca más desasosiego que coger una segunda mandarina con la emoción de volver a encontrar el sabor de la primera y encontrarse con una mandarina sosa, insulsa o peor, rancia. Pero, seamos sinceras, pasar, pasa. Y el único modo de evitarlo es aplicando siempre, siempre, La Ley de la Mandarina. Así, se acabará primero con la mala y se terminará de comer con la buena, siendo esta una de las sensaciones más maravillosas del otoño.
Pues esta crucial enseñanza es la que expuse ayer, casi tal cual, a un despistado M. Y digo despistado por no decir completamente desconectado de mi retahíla. Yo exponía dedo en alto  y semisentada en mi silla -por aquello de parecer más alta mientras exponía mis razones-los principios fundamentales de la Ley y él sorbía gajos con una maña tal que no tardaba ni diez segundos en dejarlos secos y volver a señalar con ahínco el plato para alguien le acercara otro. Me estaba poniendo muy nerviosa porque él estaba a lo suyo, no miraba si los gajos eran de la mandarina número uno o de la mandarina número dos, joe, con lo que me esfuerzo yo para que La Ley cale en su cerebro desde su más tierna pequeñez.
Pero en fin,  queda mucha temporada por delante y me voy a esforzar muy mucho para que esta enseñanza fundamental de la vida se calque en la cabecita de M. Total, llevo media vida intentando que mi hermana la aprenda y ayer, casi, casi, consiguió no olvidarse de aplicarla…

lunes, 11 de noviembre de 2013

El misterio del orden absoluto

Existe una leyenda en mi familia. Una leyenda contada a la luz de la lumbre en el pueblo, entre las mujeres de la familia…una leyenda que parecía casi un mito. Os voy a hacer partícipes de ella:
Un día en la casa, previa desaparición de todo objeto
Cuenta la leyenda que una prima de mi madre, pongamos que su nombre también empieza por M., era muy, muy desordenada. Tan, tan desordenada que ninguno de sus hermanos le prestaba nunca nada porque era muy probable que no lo volvieran a encontrar. La niña creció así, intentando – o no- volverse ordenada… hasta que un buen día, muchos años después, cambió: se volvió metódica, cuadriculada, limpia (allí en el pueblo hay un sinónimo curioso: ordenado= limpio. Ahí lo dejo), y cuando tuvo a los hijos los llevaba perfectos, planchaditos, conjuntados, limpísimos. Lo más para las mujeres mayores de la familia.
Bueno, pues llevo un par de semanas acojonada pensando que yo era la heredera de la leyenda, pensando que algo estaba cambiando en mí. Todo empezó cuando por las mañanas, el salón estaba cada día más ordenado. Cero trastos por medio. Yo pensaba: ¡ay la leche! que soy la heredera y me ha llegado el momento, el día menos pensado me veo eligiendo el body del nene para que le pegue con los calcetines. El padre de la criatura también pareció darse cuenta del cambio, lo que pasa es que no dijo nada para no romper la magia, ya sabéis, no fuera a ser que decírmelo y dejar de ser menos desastre, fuera todo uno.
El caso es que ya la cosa empezó a ser extraña: constaté con asombro durante cuatro días seguidos que las cucharillas desaparecían, se desvanecían no sé por dónde. Yo recogía las cosas de la mesa y contaba cuatro tazas y una cuchara. Qué raro, pensaba. Pasaban los días y yo descubrí alucinada que no es que las cosas estuvieras ordenadas, no, es que cada vez había menos cosas que ordenar, vamos, que no había nada por medio. Aquí mi teoría de la leyenda empezó a decaer, pero molaba tanto tener la casa ordenada sin ver el esfuerzo por ninguna parte -la leyenda no decía nada de esforzarse- que no quise hacer caso y seguí confiando en su poder. Pero, de pronto, empezaron a desaparecer cosas llamativas, cosas concretas: mi colonia, algún plato pequeño, la crema del culillo de M., una tarjeta, el plato que adornaba la mesa.
Como tengo comprobado, por experiencia, que es mejor no decir nada cuando no encuentro algo porque entonces las broncas vienen sin saber de dónde (si es que no se puede ser tan pasota, algún día te dejas la cabeza), me tiré unos días acojonada perdida pensando que en lugar de leyenda, era una maldición que consistía en que una se vuelve ordenada más que nada porque cada vez hay menos cosas que ordenar, hasta que llega un día en el que la casa se queda casi vacía, sólo quedan los muebles grandes y desnudos, las estanterías vacías hasta de polvo. Y me daba mucha pena pensar en mi casa así, pensaba hasta en el eco y se me hacía un nudo en la garganta. Pero las cosas seguían sin aparecer.
Hasta hace tres días. En un momento de esos en los que me tiré al suelo a hacerle pedorretas en la tripa al heredero, me pareció ver la puerta del mueble de la tele entreabierta. Incorporé al polluelo, y me acerqué con el entrecejo fruncido al mueble. Lo abrí. Y ante mí y ante mi asombro aparecieron todos los objetos perdidos que día a día habían ido desapareciendo de la casa. Las cucharas amontonadas, la colonia, un par de tarros de potito, la crema, mi estuche. Por aparecer pareció hasta mi postura, que llevaba unos días durmiendo fatal porque no la encontraba.
El ejecutor en la sombra, claro está, había sido M. Ni leyenda, ni maldición, ni nada que se le parezca. Si ya decía yo que últimamente estaba muy calladito algunos ratos en el salón. El caso es que, tras descubrir la verdad del misterio, miré a mi derecha y vi  M. llamando a alguien por teléfono. Miré a mi izquierda y vi que no había más testigos. Miré el interior del mueble, miré a mi espalda, lo sopesé dos segundos…y cerré. Es que estaba todo taaan recogidito en el exterior. Total, pensé, si hemos vivido sin cucharillas dos semanas…
En fin, a las pocas horas tuve que confesar, sacar de allí a todos los intrusos y devolver cada uno a su sitio original.
A veces, ahora que ya han pasado los días, invoco a la leyenda, a la maldición, a quien sea… para que aparezca por aquí de verdad y se lleve todo el desorden a algún otro mueble no tan a mano. Por aquello de tardar más en encontrarlo y poder vivir un tiempo más en el misterio del orden absoluto. De verdad que añoro esos días :)