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viernes, 20 de junio de 2014

Toma de contacto y aviso de vuelta.

Tengo unas ganas de verano que no sé dónde meterlas. 

De verdad. Piscina, ventanas abiertas, niño con los muslotes al aire, olor a salmorejo. 

Bondades del teletrabajo, ¡ay!
Qué cansancio de libros, de apuntes, de nuevos trabajos que surgieron de la nada y me cambiaron el pie a dos meses del examen. Bueno, a mí y a M. Que está muy bien esto del teletrabajo, ¿eh?, no digo yo que no. Lo que pasa que en una mente de juguetones veinte meses no cabe la descabellada idea de que una madre -que hasta ahora se tiraba más tiempo reptando por el suelo jugando a los cochecitos que vienen y van- decida que su nueva ocupación va a ser dedicar la mañana a estar sentada con el ordenador en las rodillas. Que el muchacho no lo entiende, oye. Y eso que hay veces que se le olvida el mal rollo de tener una madre aburrida que no levanta la vista de la pantalla y contempla resignado la realidad circundante para observar ante él la inmensidad de la casa sin límites ni prohibiciones por el bien de su integridad: el paraíso doméstico a su alcance. 

Son estos momentos aquellos en los que ambos somos felices en esta nuestra oficina-guardería. M. corretea feliz por el pasillo, por la cocina, por la casa, en fin. Saca las especias de su armario, las vuelve a guardar; a veces, aparece el curry entre los cojines del sofá y un calcetín en el cajón de las galletas. 

Desde mi trinchera, lo que ocurre en estos momentos de teletrabajo maternal es que a veces envío mails con letras de más porque M. vino a darme un gusanito y lo acompañó de un codazo al teclado; que las llamadas por skype las ameniza una maravillosa banda sonora en forma de niño que está empezando a no dejar de hablar ni dormido; que escribir, dar la teta y contar un cuento todo a la vez, es posible. Es más, me atrevería a aventurar que es incluso deseable cuando la otra opción es pasearme de la casa al jardín y del jardín a la casa con el ordenador abierto en la mano que el niño me deja libre mientras me arrastra en busca de algo divertido que se parezca a lo que solíamos hacer, acua mamma calle (mamá vamos a la calle y dame candela al agua de la manguera que quiero volver a encharcar las flores :) ) Que también lo disfrutamos, ¿eh? He desarrollado una soltura asombrosa: yo pienso mientras jugamos y luego escribo en un periquete el encargo. ¿Hay algo mejor para amortizar el tiempo que contratar a una mamá? Tengo ganas de escribir sobre cómo nos organizamos para ir al compás el enano y yo.

El miércoles es el examen de oposición. Será también el fin de mi agonía, porque es que de verdad que ya no puedo más. Y pase lo que pase, lo que pase, lo que pase... ¡estaremos de vacaciones! 
Y con mucho que contar :)

miércoles, 23 de abril de 2014

En tensión

Así es como vivimos en esta casa. Algunos podréis decir que qué lista, que eso les pasa a todas las madres y padres del mundo desde el mismo momento en el que sospechan que van a tener un hijo. Correcto. Pero es otro tipo de tensión, esa en la que pensáis. Es una tensión, por así decirlo, institucional; qué se yo, en un primer momento a la madre le pone tensa hasta que duerma más de media hora seguida o que no cague a la misma hora que ayer. Hasta ahí, todo normal. Raros son los padres que con el primer retoño no viven con esta tensión que a veces, de tan alerta como les tiene, les hace escuchar llantos donde no los hay, gases donde no los hay, ruidos donde no los hay e incluso hace que una llegue a tener miedito de su propia imaginación.

M. pinchando el hit.
Una vez pasada esta espeluznante etapa, sobre el año y medio del enano en nuestro caso, una cree haberse librado de una vez para siempre de esa horrible tensión. Luego esa madre habla con otras madres más experimentadas y le corroboran que no, que la tensión nunca se irá del todo, que siempre estará ahí para saltar ante la sospechosa décima de fiebre, ante el pequeño rasguño fruto de una escaramuza en el parque o ante la inocente cara de pena que viene con el primer cate del nene. De modo que toca volver a asumir este nuevo tipo de tensión que, al parecer, será de por vida. 

Pero entonces, una vez asumidas todas las tensiones que una cree que pueden existir en la vida materno filial,  llega la tensión que nos ocupa hoy, la tensión que hace que vivir en un mundo en el que haya música sea una pesadilla. Así como lo cuento. 

Aquí, en éste nuestro hogar, siempre hay música. Muy variada, de verdad. Muchísimos discos, un par de radios siempre dale que te pego al son. Música en el coche, música en el jardín; todo el mundo muy musical. Pero M. es un muchacho que tiene las ideas claras, demasiado claras. Es un niño, por poner un ejemplo, que oye Daddy Cool de Boney M y levita de emoción, pero es también un niño que oye cualquier otra canción que no sea Daddy Cool de Boney M, y se mosquea. Esto es así. Hemos llegado a un punto en el que escuchar el primer compás de esta canción supone baile asegurado, palmadas e invitación aupa para que los saltos sean todavía más altos y el disfrute mucho mayor. Para él, digo. Más que nada porque esta nueva actividad nos puede ocupar, fácilmente, toda la tarde. 

Al principio estábamos, y digo bien, estábamos, todos encantados. Ahora... estamos hasta el mismísimo moño de la canción. Y todo podría acabar ahí, todo podría quedar en una etapa más en el desarrollo del enano si no fuera porque una cadena de televisión ha decidido, así como si no existieran más canciones en el mundo, que esa es la mejor canción para amenizar sus intervalos entre programas y bloques publicitarios. Esa inocente decisión tomada en una inocente reunión en una inocente sala de reuniones del susodicho canal, me hace vivir en una tensión sin precedentes, y que se manifiesta muy especialmente en el crítico momento de la hora de dormir: ya puedo llevar media hora meneando al niño, dale que te pego a entonar con más pena que gloria la nana mágica con la que cae fulminado, que si el bicho semidormido detecta con su infalible oído en la lejanía del pasillo la primera nota del estribillo de la canción que anuncia que se acabaron los anuncios, abre los ojos y se pone a mover el culo. Siempre y con emoción. Hay ocasiones en las que incluso ya casi dormido del todo, y sin abrir los ojos, también mueve el culo. Y si ya no tiene fuerzas para mover el culo, mueve un pie.  

Hay quien dirá que tonta yo, que le duerma con la tele apagada... pero es que aquí somos fans de Wyoming ;) Y realmente, y aunque nos salga la canción por las orejas, también somos fans de M. y su mágico sentido del ritmo. Ahora ya solo queda que empiece a aceptar variedad musical :)

domingo, 6 de abril de 2014

Excusas

Personalmente, pienso - espero- que todos los opositores del mundo pasan por la escalofriante fase de saberse suspensos, relegados a esos últimos puestos de la lista infinita de postulantes, incapaces de realizar un examen digno, y se ven sepultados por los infinitos temas teóricos y los multicolores mapas para la parte práctica, documentos que se reproducen en el desorden de la mesa de trabajo al mismo nivel que se reproducen las excusas para dejarlo por hoy y salir a la calle a buscar la motivación perdida. 
Pillados hoy en plena excusa

Opositoras, opositores, yo os digo: esa fase es todavía peor teniendo un hijo. Pero infinitamente peor, monstruosamente peor. Y hay razones que lo documentan. 

En primer lugar, si eres solo tú con tu temario y la hipotética plaza flotando a tu alrededor esquiva esperando a ver si eres capaz de pillarla cuando llegue el examen, en ese caso la mala conciencia que te asalta simplemente por rozar el pensamiento de salir a dar un paseo a mitad de un tema, esa mala conciencia, digo, te impide salir y te mete una colleja virtual que te baja la vista de nuevo al cuaderno. Esto es así: a dos meses y medio del -supuesto- examen, ningún opositor sensato deja el tema a medias y se pira a la calle. 

Ahora, que si lo que pasa es que la puerta del cuarto donde estudias se abre y lo que aparece a unos cuatro palmos del suelo son dos ojazos azules que dicen junto con una boca sonriente mamá, pues la cosa cambia. Cambia porque no es cuestión personal, propia, es una cuestión ya de decencia maternal, vamos. 

Claro, es que no es mala conciencia de opositora que pierde minutos de estudio a escasas semanas de la prueba, no; es que es mala conciencia de madre que ignora con mucha alevosía las necesidades más vitales de su hijo, a saber: salir a la calle a hacer el gamberro, buscar perros, buscar gatos, buscar niños, tomar el sol... lo que se conoce como la sana costumbre infantil de vivir la vida sin preocupaciones, vaya. 

Pero es que ceder así de pronto, por las buenas, y dejar ese tema tan importante y tan fundamental y tan entretenido y tan bien estructurado... pues es que se hace cuesta arriba. De modo que entonces, la mente brillante de esa opositora entregada empieza a funcionar, a darle vueltas...y de pronto aparece la excusa perfecta, la excusa que se alza airosa sobre el desastre de mesa ese que es que ya no hay por dónde cogerlo y que con su fuerza levanta a la madre opositora de la silla de tortura estudio y le hace cargarse al enano rápidamente y salir a la calle. No por vaga, no porque haga sol, no porque el niño necesite tomar el aire, no porque el tema sea aburrido y complicado, no; se tiene que ir a la calle ¡porque no hay tipex!

¿Quién, quién a estas altura de la vida puede opositar, estudiar, respirar, vivir en fin, sin tipex? 
Ni el tato. 

Pues eso, que no íbamos nosotros a ser menos :)


jueves, 27 de marzo de 2014

El bam bam y la independencia

Esto de criar es alucinante: un día no puedes ni atarte la zapatilla sin hacer malabares con el enano entre las piernas porque no quiere estar en ningún otro lugar que no sea a medio palmo de ti, y al siguiente te descuidas medio minuto en cualquier menester y cuando quieres darte cuenta encuentras al heredero haciendo el spiderman en la escalera del salón a punto de meterse la galleta. Estos avances vitales desencadenan una serie de hechos de índole diversa, hechos que van desde la cara de pillo del muchacho que es cada vez más evidente según se va dando cuenta de las bondades de esa recién estrenada autonomía, hasta el bajón que supone darse cuenta de lo rápido que realmente, y por mucho que suene a tópico, pasa el tiempo. Pero entre ambos hechos surge otro de gran importancia, un hecho que aparece en las vidas de casi todas las familias normales de vez en cuando, y siempre cuando menos se le espera; es un hecho mortífero y desde luego peligroso, ante el que se hace necesario ir bien pertrechado de víveres y con una buena preparación mental. Este hecho no es otro que la visita a Ikea. 

Spiderman en acción

En nuestro caso no ha sido una visita de esas suicidas en las que se entra al mundo sueco a la deriva sin saber muy bien lo que se busca; no, no. Mi madre, M. y yo íbamos con las ideas súper claras: unas puertas de esas que salvan las vidas de los niños que ya andan al cerrarles el paso a las escaleras y un mueble para guardar los incontables zapatos de mi hermano. Nada, tarea sencilla, cuestión ligera: tres horas y cuarto, unas campeonas. 

El tema es que M. ha decidido que hoy era un buen día para darme otra estupenda lección en cuanto a independencia, a mí es que este muchacho me agota y fascina a partes iguales. Todo empezó estas Navidades, cuando vi en el catálogo del lugar donde cada esquina te dice cómprame una cestita de frutas de tela maravillosas, unas frutas de juguete que parecían hechas a la medida de M., pero que estaban agotadas. Y yo no me había olvidado de la dichosa cestita en todos estos meses, centrada en la idea de comprarla la próxima vez que tuviera que ir a por las puertas para la escalera, en un momento en el que ese día incierto en que M. pudiera subirlas parecía muy, pero que muy lejano. 

Y ese día ha llegado, claro, ha sido hoy. Una vez cumplido nuestro deber y tras haber sobrevivido a la eterna exposición, me he dirigido niño en brazo a la zona infantil buscando decidida la cesta de frutas. Esta vez había mogollón, qué alegría. Emocionada le decía: ¡Mira M., frutillas!, y M. respondía: ¡Bam bam!, y yo decía Noo, no es un bam bam, son frutitas. Mira: fresas, un limón... y M.volvía a responder: ¡Noqui!*¡Bam bam! Y yo que frutas y él que bam bam y yo que no y el que bam bam. 

El gran momento del descubrimiento
Ha llegado un momento en el que se ha hecho evidente que algo pasaba y que no estábamos en la misma onda. Lo lógico sería tener entre brazos a un M. entregado a las frutas de tela, emocionado por los largos ratos de diversión que encontraría metiéndolos en alguna ensaladera, por ejemplo. Pero no. M. tenía otros planes, para los que había divisado algo infinitamente mejor: un carrito-andador. Los ojos se le han puesto como chiribitas, vamos, que ha tirado al suelo las frutas con verdadero ahínco sin dejar de señalar a la maravilla que le esperaba en la estantería. 

Al final ha ganado la batalla el carro, claro, las frutas me decían adiós apenadas desde su estantería cuando las he soltado resignada, pero  la alegría de M. me ha dejado claro que él ya había tomado su propia decisión. ¡Qué maravillosa independencia! 

Y la verdad es que ha sido una gran compra, de las mejores diría yo: tenía casi olvidada la fascinante sensación de estar leyendo en el sofá sin el mamáteta, mamánoqui, mamácaca...y la he recuperado gracias a las horas de paz que me ha traído el carrito bam bam. Las secuelas de esos momentos de asueto infantil se resumen en el botín del que M. se ha hecho dueño en la soledad de la cocina mientras yo me dedicaba al relax y al estudio de las instrucciones de la puerta para la escalera:

El botín de especias e infusiones
que ha encontrado M.
en la cocina desierta

Una cosa sí me ha quedado clara: creo que mientras dure la fiebre del carro, no voy a tener más trastos tirados por el suelo ni por los rinconcillos de la casa, además de contar con la facilidad de saber siempre dónde buscar los objetos desaparecidos: en el fondo del carrito. 

Así que las frutillas... las frutillas, ya caerán la próxima vez :)


*Noqui es la contundente forma de M. de decir No quiero. Adorable.