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sábado, 9 de noviembre de 2013

En busca de la identidad perdida

Vivo en una continua crisis de identidad. 
Hace semanas que me vengo dando cuenta, coincidiendo con la adquisición de nuevas habilidades por parte de M.: cuantas más habilidades adquiere, más se me nubla la personalidad. Si uno esta realidad al hecho innegable de que opositar está destrozándome las -pocas- neuronas espabiladitas que me quedaban tras el primer año de maternidad, me veo en la tesitura de tener que afirmar que me parezco cada vez más a una caricatura de la persona que una vez fui. 
M. recogiendo de la calle un elemento que muy
probablemente aparezca debajo de mi almohada
Un ejemplo: abro uno de los manuales que me acompañan día y noche, y aparece la receta de la vacuna de M.; lo más seguro es que si fuera al lugar en el que debería haber estado esa receta, me encontrara con mi cartilla del paro. Y como esto, todo: me siento en el sofá a ver el telediario y se me clava entre las piernas un sonajero, abro la nevera y en lugar de los pimientos saco un petisuis, o meto la mano en mi cartera de estudiar, esa que oso abrir en medio de una biblioteca llenita de estudiantes universitarios profesionales y saco un body arrugado y con restos del último festín gastronómico de M. 
Juro que me cuesta discernir entre mis cosas y las cosas del niño, hasta las cosas del padre están empezando a formar parte de esta maraña de objetos y situaciones que me descolocan, de tal modo que hay veces que alguien que se asomara por mi ventana podría encontrarse conmigo a punto de salir de casa, con un niño que da vueltas alrededor de mis rodillas, mirando fijamente un paquete de toallitas. Estaré pensando: ¿esto lo echo a la saca del niño o me lo llevo yo, por si se me cae la cocacola en los pantalones o por si vomita alguien de mi alrededor o por si la silla está sucia? Al final, tras un buen rato de divagaciones, decidiré que es el niño quien más papeletas tiene de mancharse/cagarse/manchar algo a su alrededor. 
El caso es que esto, que parece tan inocente, tan maternal, tan de anuncio cegador de Nenuco... esto, digo, está interfiriendo en mi rendimiento académico. Me tiro las horas muertas intentando volver a mi yo original, a ese yo que se sentaba frente al manual y era capaz de asimilar en tiempo record un montón de datos sobre el gótico, ese yo que se volvía a casa a hacer un puré de buena madre con el ego por las nubes porque había conseguido estudiarse dos hojas más de las previstas para ese día. 
Añoro a ese yo. Este nuevo que me gasto últimamente es un ser extraño, un ser que cada vez que lee el verbo estar en cualquiera de los libros, manuales y apuntes que utiliza a diario para estudiar, se acuerda de M. diciendo: ¡yahtá! Ya está, ya está...una leche va a estar. Vete de mí, sentimiento materno atonta madres que tratan de estudiar. Yo sé que M. "diciendo" su primera frase es un amor casi comestible, lo sé. Pero digo yo, ¡digo yo! que un par de horitas podrías dejarme con mi vida anterior, con esa vida en la que nadie se interponía entre un manual y yo.
Al fin, tras un ratillo en el que consigo no encontrar ningún verbo estar que me distraiga y en el que parece que he avanzado bastante, decido coger el alpino verde para empezar a esquematizar. Y pasa que el alpino está pegajoso, está pringoso, está tocado por esas manitas de bebé que todo lo dejan señalado de lo que sea que hayan tocado anteriormente. Y el círculo vuelve a empezar. Y yo no sé si estoy en la biblioteca o en la alfombrita de M., a veces hasta me parece que le escucho a lo lejos, como si fuera a aparecer entre la maraña de estudiantes que se colocan en los sitios más cercanos a la escalera, fuera a atravesar la biblioteca hasta la mesa en la que me pongo yo y, tirándome del vaquero, fuera a preguntarme con esos ojos enormes y azules: ¿yahtá? 
Y aunque al futuro tribunal que me toque en la oposición pongo por testigo de que ganas no me faltan de dejar todo ahí abandonado e irme con M. a seguir confundiendo mi personalidad con sus juegos y aprendizajes, al final meneo un poco la cabeza, respiro hondo, me empapo bien de cocacola y retomo el párrafo que quedó abandonado cuando lo del alpino. 
Y todo parece marchar sobre ruedas, todo parece haber vuelto a la normalidad... hasta que echo mano al bolsillo para sacar un clinex y en su lugar aparece la tapa del potito con la que jugaba M. por la mañana mientras terminábamos de desayunar.
Si es que así no se puede. De verdad que no se puede. Ni en mis más remotos tiempos de enamoramiento adolescente recuerdo yo este descentramiento estudiantil, qué desesperación. ¿Por qué, por qué, por qué no puedo olvidarme del polluelo tres horas?
En estos casos lo mejor es recoger el chiringuito e irse con la música a otra parte. 
-¿Y yahtá por hoy?- pregunta mi madre cuando llego hora y media antes a recoger al niño.
-Yahtá por hoy. No se le pueden poner diques al mar, límites a la divagación. Ale, a descubrir mundo, M. Eso sí, con la condición de que me dejes unos días de tregua, unos días de no aprender nada gracioso nuevo que me desvíe del camino hacia la Plaza, ¿vale?
-¡Yahtá!

No sé si tomarlo como un ya está bien de aprender monerías por unos días o un ya está de deja de darme la brasa y observa mi nueva habilidad. Otro día os cuento. 



A pecho descubierto

Existen por la blogosfera maternal una serie de blogs dedicados única y exclusivamente a hablar de la lactancia materna. Blogs de mamás que llevan años publicando posts sobre, únicamente, sus experiencias con los niños alimentándose al pecho. Cuando los descubrí durante el embarazo pensaba que qué exageración, que si daba para tanto el asunto. Y aunque considero que en ocasiones se hace un uso exagerado del tema, que se le dan más vueltas de las que algo natural requeriría y que hay una sobreinformación por parte de sus más acérrimas defensoras que muchas veces es invasiva para con el resto de las madres…. da para mucho, y ese mucho se va alargando en la misma medida en la que se prolonga la lactancia materna.
M. jugando al cucú trás
Hay una imagen que a mí me ha venido en numerosas ocasiones a la cabeza. Os la voy a describir; a unas para que os reconozcáis -porque a todas las que habéis dado el pecho o estáis todavía en ello os ha pasado, no me vayáis a decir que no- y a otras, las que estáis esperando, para que os vayáis preparando.
La imagen se llama La Libertad Guiando al Pueblo y es esta una imagen que se da en esas ocasiones en las que una de dos: o dar el pecho es ya algo tan normal que al finiquitar la toma se te olvide tapar el recipiente; o el niño en cuestión es un tragón de los que hacen época y entre toma y toma lo mismo te da guardarla que dejarla al aire. Es una imagen, pues, que para una misma suele pasar desapercibida y es preciso que aparezcan por allí hermano/padre/padre de la criatura a decir: pero chica, tápate un poco, para darse cuenta de lo que está pasando. Y sí, habéis leído bien, muy probablemente sea la parte masculina de la familia la que más pudor y asombro muestre ante la visión del seno familiar al aire. Si el aviso viene de la madre de una, será más del tipo: hija, colócate el pecho, mientras te acerca el disco absorbente y expulsa con maña el aire de la barriga del niño. La Libertad es esa imagen que ve la madre cuando va al baño entre toma y toma y se ve en el espejo con una teta fuera y otra dentro. Confieso que en alguna ocasión he levantado el puño para ver el efecto y su parecido con el cuadro de Delacroix. Nulo, el parecido, si me permitís aclararlo. Pero oye, ahí está.
Pues bien, según pasan los meses y se va cogiendo práctica, yo al menos he tendido a pensar que estaba a salvo de incidentes desafortunados. He llegado a pensar que mi imagen de La Libertad se había dado ya de baja hasta el próximo polluelo, he pensado, incluso, que había llegado a ese momento de destreza magistral en el que nadie me verá amamantar si yo no quiero, con un dominio postural que convierte lo visible en invisible. Todo ha quedado, para mi desgracia, en utopía: ayer le abrí la puerta a mi suegro con una teta fuera. Y, ay, el hombre de lo que está mal es del oído, no de la vista.
Fue una situación de estas extrañas en las que tardé un ratillo en darme cuenta de la cruda realidad, el mismo ratillo que el hombre estuvo hablando con el cuello torcido a la izquierda, que a punto estuve de preguntarle si tenía un ataque de tortícolis. Cuando me di cuenta de lo que realmente estaba pasando en mi propio salón, me coloque el pecho con recato y disimulo muy a lo modo modo madre, y la conversación siguió su curso con toda la normalidad que permite un hombre empecinado en no mirar a su nuera para no tener que decirle: chica, tápate un poco. El hombre estaba poco más o menos como M. en esa foto que os pongo, haciendo el cucu trás pero sin pasar nunca del cucu. 
A estas alturas lo cierto es que no me importa lo más mínimo que mis intimidades sean de conocimiento público, aunque a toro pasao he de reconocer fue un poco incómodo. Una cosa es con el padre de la criatura y la criatura, que es que me tiro casi más tiempo en top less que vestida decentemente cuando estamos en casa, y otra es abrir la puerta y que el suegro se encuentre con el percal, además sin ton ni son porque el niño no estaba ni mamando ni nada que se le pareciera, de hecho estaba a su aire ejerciendo su nueva especialidad, que os cuento mañana. Pero se conoce que, al terminar y salir a liarla por el mundo misterioso de la casa, a mí se me olvidó recoger el material de alimentación y me puse a escribir y subrayar sin atender a mi indumentaria.
Total, que yo pienso que el hombre en su fuero interno estaría diciendo: buena gana esta muchacha, con el frío que hace, de tener el pecho al aire. Y creo que también pensó que el próximo día que venga sin avisar va a esperar a que yo abra la puerta mirándose los zapatos, por aquello de no volver a presenciar la situación con la protagonista a un palmo de las narices.
Y yo os digo que es que en la soledad del hogar una no se da cuenta de nada. O es que vosotras nunca os habéis presentado de improviso en casa de alguien y os han abierto con el gorro de ducha, o el pijama de leones subido hasta más allá de la cintura, o a medio afeitar, o a medio peinar? ¿Eh, eh, eh?
Pues cada uno con lo suyo :)

jueves, 7 de noviembre de 2013

Tres en la frente

Lo bueno buenísimo del concepto seguir siendo la misma , es que sale solo. En ocasiones, mucho más solo de lo que debería, de hecho. Hoy ha sido un día en el que esto ha quedado claro: sigo siendo la misma y, según parece, a veces mucho más yo misma de lo que me vendría bien. Tres han sido los hechos que, uno tras otro, han hecho de hoy un día sigo siendo la misma…pero no de antes de ser madre, no; ¡casi desde antes de nacer!
Una misma antes de ser mamá haciendo el idiota :)
El primero de estos hechos ha tenido lugar al llegar a casa de mi madre a ver cómo seguía su convalecencia. Ni tiempo me ha dado a soltar al niño en el suelo e inclinarme a darle un beso…creo que incluso antes de aparecer por la puerta del salón, puede que incluso antes de abrir la puerta de la calle, o, más incluso todavía, puede que antes de que saliera de mi casa, mi madre ha divisado mis pantalones. Bueno, el bajo de mis pantalones: ligeramente pisados, ligeramente rotos, ligeramente arrastrados.
Mi madre: -¿qué pasa, a ti te mola ir recogiendo la mierda de la calle, no?
YO: bueeeeno… ¿hemos retrocedido doce años en el tiempo?¿Me han vuelto también los granos y el amor por el calimocho?
Mi madre (a M.): tu madre está en el mundo porque tiene que haber de todo….
En fin, este tipo de conversaciones -bueno, mucho más fuertes en la adolescencia- las he tenido con mi madre casi casi desde que empecé a tener edad de comprarme yo la ropa. Yo no sé qué tipo de leyenda corre por ahí que dice que cuando una mujer tiene un hijo, se vuelve una especie de ángel que comienza a vestirse en Cacharel. En mi caso, ya digo yo que no. Que desde que perdí la barrigota, mis vaqueros rotos son los mismos, mis zapatillas pintadas son las mismas, y mis bolsos-saco son los mismos.
El segundo hecho viene un poco al mismo hilo: mi madre ha montado en mi coche. Yo sé que lleva días mordiéndose el labio inferior para no hacer sengre, pero hoy ha sido el remate…más que nada porque se ha manchado.
Mi madre: ahora mismo viene Sanidad, y te quitan al coche y creo que hasta el niño. Si pesamos todas las migas que  hay en el suelo, sale un kilo.
Yo: bueno, si solo son migas, no pasa nada. Miguitas de mi rey. Miguitas de M.
Mi madre: esto es de juzgado de guardia, cariño. Te digo que esto no es normal, no puedes llevar el coche así, aquí os va a dar algo al niño y a ti…y NOOOOO ¿¡qué es esto que se me ha pegado en el culo!?
Y yo miraba al niño y le veía tan feliz jugando con una cuchara y pensaba sí, ya veo yo el problema que tiene el niño… y también pensaba que qué mala pata que justo hoy mi tío le haya regalado al niño en la panadería un cruasán con chocolate y el niño no lo haya querido y a mí se me haya olvidado en el asiento… Otro gen madre que no he conseguido desarrollar es, como ha quedado patente, el del orden.
Y por último: lo de montar en el coche era para bajar a mi madre al médico a Madrid. Y una vez allí, la hemos dejado como cada semana en la consulta y nos hemos ido a un parque cercano a esperar a que saliera. Hemos dado un rodeo hasta llegar a él, haciendo el bobo, buscando palomas, cambiando de acera para saludar a los perros, este tipo de cosas. Y hemos llegado al parque. Y cuando estaba a punto de poner a M. en el suelo… he constatado con asombro e incredulidad que habíamos perdido una zapatillita. He tardado medio segundo en erguirme, echarme al churumbel a los hombros e intentar recorrer el camino al revés. No ha sido posible, sobre todo porque no tenía ni idea de por dónde habíamos llegado al parque. Cuarenta minutos de caminata desorientada después, me ha parecido divisar una zapatillita blanca, abandonada, bajo un banco de la calle Cea Bermudez.
Era un clinex usado.
En fin, estaba en Hilarión Eslava, la jodía zapatilla.
El tema está en que, ya subiendo hacia casa, ha tenido lugar un momento mágico de esos en los que abuela y nieto iban en la parte de atrás cantando y semibailando y yo no les escuchaba porque iba en mi burbuja. Es que teníais que ver la carretera de la Coruña a la altura de la Rozas cuando atardece, y se ven las montañas azules de la Sierra de Guadarrama contra el cielo que también se va haciendo azul pero todavía es amarillo, y los faros blancos de los coches que bajan a Madrid a la izquierda y los rojos de los que subimos a la derecha. Y mirando mientras conducía esa estampa tan familiar me he acordado del montón de discusiones que tuve de joven con mi madre por la ropa, cuando el sábado era salir con los pantalones más anchos y bailar entre humo; y del montón de veces que he tenido que hacer una limpieza de emergencia en el coche a lo largo de los años porque iban a subir mis abuelos, o porque teníamos que ir de comunión y no eran plan de llegar con lamparones, o porque había quedado con el padre y es que en esas circunstancias no íbamos a poder ni achucharnos; y también de la cantidad de objetos perdidos que estarán diseminados en lugar extraños de todas las ciudades en las que viví, de todas las cosas que pierdo y he perdido sin querer, igual que la zapatilla de M.
Y pensando en todos esos momentos y mirando el cielo cambiar, he pensando que cambia la vida, crecen hijos, se reinventa una laboralmente… pero se sigue, a la vez, siendo la misma joven que un día se fue.

martes, 5 de noviembre de 2013

La culpa fue de la tecnología

Algunas veces, los esfuerzos maternos por criar ciudadanos de bien se ven truncados por los más inverosímiles hechos. En el caso que nos ocupa, la culpa fue de la tecnología. También es verdad que yo tengo un pequeño trauma con esto de la carrera tecnológica, tengo miedo de que lo próximo que anuncie el heredero de Jobs sea una aplicación para que la colleja de la madre en el momento de enajenación filiar transitoria llegue vía 3G, y te encuentres con el picorcillo en la nuca sin beberlo ni comerlo.
M. en una de sus fantásticas y armoniosas imitaciones
Pero en fin, ese día todavía no ha llegado, y mientras esperamos su aparición nos tendemos que conformar con las inquietantes grabaciones de voz que desde hace unos meses ha puesto whatsapp en funcionamiento. Resulta que entre los más jóvenes se han puesto de moda, parece ser, por el tiempo que ahorran y porque las entonaciones que se quieren dar al texto son mucho más fáciles de transmitir, no como antes, que un ok tenía que ir acompañado de una sonrisilla para eliminar cualquier sombra de bordería.
El tema está en que son muy poco discretas. Nada discretas, la verdad. La única forma de que los que tienes al lado no se enteren de tu grabación es poniéndote unos cascos. Y no siempre hay. Y ese hecho, por carambolas del destino, me fastidia la estrategia educadora de M.
Veníamos mi madre, mi hermana, M. y yo en mi coche. Un frío tremendo, un montón de gente en la consulta del médico, una hermana pequeña en plena edad del pavo y una madre que no era capaz de poner los cinturones de la silla del niño en el coche. Y esa madre es palabrotera. Muy palabrotera. Yo no sé, de verdad, cómo mis hermanos y yo hemos salido tan comedidos en el tema del lenguaje; hombre, alguna se nos escapa, pero controlando un poco el entorno y esas cosas. El tema es que como M. empieza a ser un hombrecillo pequeño y medianamente autónomo, hay que tener mucho ojo con lo que se hace delante de él, porque es que está empezando a repetirlo todo; pero todo, todo. Ayer le encontré dándose colorete. El otro día, removiendo con la cuchara de palo un puchero imaginario que se cocía en su gorro. Y si me despisto me lo encuentro pasando el mocho a toda superficie plana que encuentre por la casa. Y con el lenguaje, no puede ser menos.
Mi madre, como decía, iba intentando atar al niño y soltando lindezas por esa boquita de piñón que tiene, con una frecuencia de cuatro joderes por cada intento de abrochar el cinturón. Ya tuve que intervenir, claro: mamá, mira a ver si puede ser posible que no digas tanta palabrota seguida  y a dos centímetros del niño, que me va a salir un macarra. Me llamó madre acelga, madre sosa y no sé cuantas cosas más. Lo sé, es muy coñazo escuchar ese tipo de cosas, peeeero es lo que hay, es mi misión educar a este niño en un vocabulario decente.
Bueno, pues cuando la retahíla de mi madre llegó a su fin, un conciudadano galapagueño decidió adelantarme en plena rotonda y…sí, dije un JODER como una casa. Bien alto. Me cayeron por todas partes, os podéis imaginar. En fin, alegué que el mío tenía un motivo y estaba plenamente justificado, bla, bla, bla… al final, las aguas volvieron a su cauce. Hasta que una grabación de whatsapp de mi hermana vino a romper el milagro:
-¡Me toca la POLLA!- Esta fue la afortunada afirmación de mis primas pequeñas, una jovenzuela salada, afirmación que retumbó bien alto en la pequeñez de mi coche.
¿Adivináis lo que dijo M. nada más acabarse la grabación?
Si es que yo lo intento, pero a veces los elementos juegan en mi contra :)