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lunes, 4 de noviembre de 2013

A mal suelo, buena cara

Una vez meditada a fondo la decisión de opositar, llegó a mí la euforia de las nuevos proyectos, esa energía imparable que llega -en el caso de los nuevos proyectos académicos- con olor a forro nuevo, a lápiz sin estrenar, a montón de folios fríos. Hasta un cuartito me habilité, oyes. Con mi mesa, con mi corcho, con mis libros y enciclopedias ordenaditos en un lateral, con mi incienso como cuando empecé la carrera, que es que había días que la familia o el novio entraban en mi habitación y poco menos que tenían que avisarme por señales de humo de que habían osado perturbar mi paz estudiantil y hippiosa, y tenía yo un colocón de incienso e ideales periodísticos que no sabía ni de lo que me estaban hablando.
Parte del campamento de M.
Bueno, pues como digo, me habilité el cuartito de la plancha a finales de agosto, en mis marcas para empezar a estudiar en septiembre. Emocionada perdida, cuando entraba el padre a algo - a coger unos calzoncillos mayormente, ya que el equilibrio entre cuarto de estudios y cuarto de la ropa todavía está por terminar de definirse- le avisaba: mucho ojito con poner nada encima de MÍ mesa, ¿eh? Eso es terreno sagrado. Tenía yo unas ideas tremendas, unas ideas que incluían un niño tranquilito, un temario llevadero y unas jornadas estudiantiles la mar de productivas. Pero, ay de mí, eran eso... ideas. 
No digo yo que me vaya mal del todo, porque hay por ahí hay algún duende del aprovechamiento temporal que hace que la cosa marche más o menos decentemente, pero desde luego la realidad dista mucho de ese mundo idílico que yo veía en mis ensoñaciones estivales, preparándome mentalmente desde la piscina para el proyecto oposición.
Para empezar por algún lado, puedo escribir que para M. mi mesa de estudios debe tener pinta de chiquipark. Es ver que me siento y aparecer con los brazos en alto pidiendo asomarse. ¿A qué?, me pregunto yo. A mandar todo a tomar por culo, responden sus manos. Todo al suelo, cuanto más lejos mejor. Entiendo, por lo tanto, que le mola más el nivel inferior de nuestra casa, así que saco del cajón mi plan B, un plan que consiste en un montón de bolis que no funcionan y que espero le distraigan un rato. ¡Al suelo con ellos, M.! ¡Eh, eh, eh, eh! (es que esto de jalearles a veces provoca reacciones asombrosas en los enanos y mola mogollón verles las caras de sorpresa). Y, efectivamente, M. los tira al suelo. Y una vez que lo ve allí, se gira hacia mí y me vuelve a mirar con los brazos en alto.
En este momento dado, se presentan ante la madre opositora dos opciones: cerrar el tocho e irse con rapidez a la calle para que nos de el aire y así evitar el momento cabreo con el enano que realmente no tiene ni idea de lo que es una oposición; o...mudarse al suelo, a vivir en el campamento.
Y, oh sí, elijo casi siempre la dos: vivimos en el suelo.
Cierto es que yo dejé incluso por escrito en mi otra casa virtual que se iba a terminar eso de estudiar en el sofá, o con las cosas de M. por medio... pues nada, me trago mis palabras porque de momento, de todos los días que me toca estudiar en casa porque no tengo con quien dejar a M., la mayoría he terminado arrastrada como una lagartija por el suelo, rodeada de animales de madera, vasitos de diferentes tamaños, cucharas de palo y teclados multicolores que al mínimo roce te entonan el Oh Susanna sin miramientos ni control de decibelios, a veces creo que hasta resto días de vida por los sobresaltos cardíacos de los juguetitos de las narices.
Yo entiendo que este panorama puede llevar a pensar que soy una estudiante frustrada, una estudiante que no puede estudiar, una estudiante que tiene a todos los elementos en contra. Pues os equivocáis. Os equivocáis muchísimo. Os equivocáis, porque ser madre supone luchar contra todos los elementos cuando todo parece perdido, porque estamos entrenadas para hacer de la comida una fiesta, de la fiebre una nadería (aquí nos suele ayudar el Dalsy), de las rabietas un momento de reflexión en el que, al menos yo, aprovecho para entrar en comunicación con el universo consiguiendo asombrosos resultados en cuanto a autocontrol se refiere.
Con estos precedentes... ¿qué es para mí una sesión de estudio acompañada de M. y todos sus secuaces clavándose en mi culo? Siendo realistas, retener lo que es retener, no retengo mucho; son estas sesiones unos momentos de acercamiento al tema, unos momentos fundamentales en los que me digo que si no existieran estas sesiones de suelo y clips....¿cuándo subrayaría? Y es que no hay estudio bueno sin subrayado, lo sabe todo el mundo. Es una verdad universal. Una realidad académica de primer orden. Así que yo, esos días en los que no hay tregua por parte de M., subrayo con verdadero ahínco, con verdadera fruición, regocijándome ante tamaña suerte.
Así, cuando llega el momento en el que alguien de mi familia me pregunta, diariamente y como si se lo hubiera puesto por obligación ¿te ha cundido hoooooy?... yo afirmo, asiento, digo que sí muy convencida.

Y es que, estaréis conmigo, también de subrayaos vive el estudiante. 

sábado, 2 de noviembre de 2013

Manías

Rarrro, rarrro, es el estudiante que no desarrolla manías. 
Las mías, de antes de opositar y que no han tenido problema ninguno en venirse conmigo a esta nueva aventura, no son muchas: cocacola a litros, cuadernos en blanco para rellenar mil veces con las mismas ideas, lápices alpino para ir esquematizando cada tema de un color y un pasillo por el que caminar mientras interiorizo. 
M. asociando algún conocimiento a una galleta
El problema en mi caso personal ha venido con la maternidad. La maternidad, desde aquí lo digo, da hambre. Esto es así. Si una amamanta, por pura fisiología se entiende que si con tu cuerpo se están alimentando dos, hay hambre también por dos. Y si no se amamanta, pues se te olvida comer, o a la hora de comer te duermes, o cuando te vas a sentar a comer el niño quiere mami, o ese día está tan tranquilito que por no romper el hechizo no te levantas de la alfombra y cuando te das cuenta son las cinco de las tarde y tú estás a punto de ser engullida por el agujero negro de tu estómago. 
Pero pasa que la maternidad no solo da hambre; con la maternidad aterriza en los hogares de las familias un sentimiento que podríamos llamar miedo a la desnutrición de la prole. Y eso que soy una madre muy jipi para eso y el niño come lo que quiere y cuando quiere. Pero hay ahí algo un poco ancestral que te hace intentar meterle un par de cucharadas más cuando él ya ha cerrado el chiringuito, aunque nunca se consiga y siempre, en cualquier hogar español, haya una madre -a la hora de cualquiera de las cinco comidas reglamentarias- en medio de una cocina vacía de churumbel -que ya está corriendo a punto de gritar Jerónimooooooo por el pasillo- con un yogur a medias en la mano, una cucharilla en la otra y una cara de a ver qué hago ahora con esto. 
Hay dos soluciones, dependiendo de la realidad familiar: si hay hermanos, esa madre mirará al yogur, mirará a la puerta, volverá a mirar al yogur y canturreará con tono de sirena el nombre del hermano mayor para endosarle las sobras; si no los hay, ese yogur irá pa´dentro, tenga o no tenga esa madre hambre de yogur en ese momento. 
En esta casa, de momento, no hay hermanos.
Así que, sí, me tiro todo el santo día zampando. Y muchas horas de ese día, estudiando. Ambas cosas con alegría y convencimiento, ojo. 
De modo que podría decirse que he desarrollado una nueva manía involuntaria, y es que últimamente como tanto, tanto mientras estudio que me he sugestionado, y parece que si no doy cuenta de todas esas galletas antes de terminar el tema 10, no me he centrado. Así que con la excusa de darle al niño el almuerzo (en mi puta vida había yo utilizado la palabra almuerzo hasta que decidí tener descendencia, qué cosas), voy sacando galleta a galleta: 
-A ver, hijo, ¿una galletita? 
Indiferencia por respuesta
-Bueno, pues luego. Y pa´dentro. Y unas cuantas páginas después, otro paseo y otra preguntita: 
-¿Una galletita, rey?¿No? Pues pa´dentro.
Y el tubo de galletas va mermando y cuando me quiero dar cuenta, además del tema previsto para hoy, me he ventilado unas doce galletas, así de jajás, como diría mi hermana. Y llega la hora de la comida de M. y ya no quiere más plátano y en la casa no hay nadie más. Y me digo:
-¿Tu quieres o no quieres esa plaza? ¿Quién te dice a ti, eh, quién, -me pregunto mirando y sacudiendo el plátano- que si te comes el plátano estudiando el tema tedioso de la Constitución, y justo cae ese tema, no recordarás por pura asociación de ideas cada artículo constitucional, con sus anexos y todo, gracias al plátano? Si es que es por tu bien. 
Y va pa´dentro.
De modo que en mi mente opositora se mezclan con bastante armonía -de momento, que no llevo ni un tercio del temario mirado- una serie de alimentos, cada uno asociado a un tema, que me ayudan a recordar y asociar contenidos. 
Luego me salta un anuncio en el ordenador de un libro con técnicas memorísticas para opositores y lo borro sin miramientos: anda estos, menuda tontería me quieren vender, no te digo. Libritos a mí.

Así soy yo, una mujer de extremos. 


El cuidador cuidado

Mi madre, la abu, la de las comidas resucitadoras, las nanas mágicas, los remedios para el dolor de barriga… está de reposo absoluto. Por una tontería como un corte mínimo en el pie, ha estado a punto de verse en una situación tan medieval como que se le gangrene la extremidad, en palabras del doctor, y haya que cortar por lo sano – nunca esta frase tuvo tanto sentido-. Pero en fin, lo pillaron a tiempo y con una buena dosis de antibiótico y el pie en alto una semana, parece que solucionaremos el asunto.
De camino a casa de la abuela
Lo bueno de esto es que se me ha presentado una oportunidad de oro para mimar a quien nos mima, que merecido lo tiene. Y es que además no hay forma humana de que se deje ayudar cuando está bien, ella puede con todo y aquí no hay más que hablar: que si tú estudia un rato más que yo me llevo al niño de paseo, que si te he cogido estos plátanos que tenían una pinta de morirse, que si te he encargado los maderos que faltan para que puedas poner la mesa nueva. Gracias mami, es todo cuanto puedo decir; bueno, eso y comprarle chocolate como agradecimiento.
Pero ahora la vida me ha enviado esta convalecencia para resarcirme de tanto agradecimiento acumulado, y el primer día me froté las manos de pensar en todas las cosas que podría hacer para  cuidarla y que ella no podría evitar, a saber: comidas que le gusten, compra compulsiva de revistas de decoración y patronaje que le encantan, rescate de muebles por los basureros recordando viejos tiempos, sesiones de whatsapp infinitas para que no se aburra en el sofá.
Bueno, pues no. La colega es dura de pelar. La tía hizo reposo absoluto dos días, en los que no me dio tiempo a casi nada, de verdad. Cuando iba a empezar lo bueno, ella empezó a torearme. Algunas de vosotras habéis hablado aquí de las series a las que estuvisteis enganchadas de pequeñas, y ya comenté que yo era fans de Colombo. Y aquel hombrecillo de voz rasgada y gabardina infinita me ha ayudado mucho en mi vida adulta, como a saber cuándo mi madre me la está pegando. Un ejemplo: cuando se coloca en posición de reposo, se pertrecha de todos los útiles necesarios para pasar las horas que ella calcula estará en el sofá con la pierna en alto: teléfono móvil, teléfono fijo, libro, mando de la tele, revista y labor de punto que esté haciendo en ese momento (bufanda pa´mi :) ). Con este arsenal, me voy tranquila a mi casa, con la certeza de que el rato que tarde mi padre en llegar del curro, ella lo pasará en su sanatorio particular.
Pero me engaña. O me intenta engañar. Y yo, buena discípula de Colombo, sé que ella tarda, de media, un minuto en contestar un whatsapp. Si pasa más tiempo…malo. Vamos, que no tiene el móvil a mano, lo que significa que no está en el sofá. Vale, la llamo al fijo. Tres tonos y….
-¿Sí? 
-¿Mamá, tú te piensas que me chupo el dedo?
-Si estoy aquí sentada…bueno, mira, hija, es que ya casi no está hinchado y ya estoy del punto y de la punta hasta el moño. 
-Muy bien, muy bien. El día que te tenga que llevar a que te corten el pie, ese día, hablamos. Parece que le entra un poquillo de miedo, pero ná. Un rato. Al rato siguiente, vuelve a estar correteando por la casa “con mucho cuidado, ¿eh?“, como dice ella.
Y así se pasa las tardes. Así que mis esfuerzos por mimarla mucho son todos en vano, ya se lo dice M., que cuando me ve regañarla saca el dedo índice y mientras dice pffff dice que no con el dedo, creo que hay veces que hasta frunce el ceño. Y aunque intenta colármela, mi entrenamiento colombino aparece raudo cuando algo no me cuadra, como cuando veo una montaña de ropa planchada que yo había dejado estratégicamente semioculta para evitar tentaciones. O cuando me contesta a un whatsapp con una caligrafía incorrecta, con xq, xo, tb y demás abreviaturas  que ella considera veneno para la escritura, y mi sexto sentido me dice que ha encargado a alguno de mis hermanos que contesten haciéndose pasar por ella; me llegan entonces mensajes contradictorios como éste: “cariño stoy ok, veo castle en la tv y el pie va de pm“. Se piensan que soy tonta. 
Total, que ahora mismo nos vamos con un par de tabletas de chocolate a su casa, a entrar a traición a ver si la encontramos encaramada a alguna silla colgando un cuadro o colocando no sé qué taza, y depende de cómo la encontremos, o le damos el chocolate o nos lo comemos nosotros. Frente a ella y con mucha lentitud.
Pa´que la próxima vez nos obedezca. 

viernes, 1 de noviembre de 2013

El silencio relativo

Cualquier estudiante al uso entregaría parte de su tiempo libre (igual estoy exagerado un poco) a cambio de un poco de silencio en los momentos en los que tiene que estudiar: los momentos de codos, de estudio del bueno, de estudio profundo de ese de memorizar y asimilar. Ése tipo de estudio. 
M. poniendo la lavadora en silencio total
Bueno, pues yo no. En este momento de mi vida, el silencio doméstico sólo puede significar una cosa: M. está liando alguna. Y es una sensación de agobio absoluto salir de pronto de mi ensoñación histórica y notar cómo el corazón se me para porque en ese momento, en ese jodido preciso momento, no tengo ni puta idea ni de dónde está el niño ni de por qué no se le oye. Y el siguiente instante vital es el de "me voy a poner en lo peor y haya pasado lo que haya pasado, yo me mato detrás". Y me pongo a ello.
De pronto, y todo esto mientras suelto el subrayador sobre la página 110, asumo que M. va a estar en la escalera, en el escalón número nueve en equilibrio inestable, ese equilibrio del que no se puede salir sin meterse la galleta porque: uno, si le grito se acojona y se mete la hostia; dos, si no le grito y me acerco sigilosa, el equilibrio inestable se romperá de todos modos porque ya ha pasado todo el tiempo mágico que le ha mantenido a salvo, y la cabeza pesará de pronto más que el resto del cuerpo y se caerá. Todo esto lo pienso en medio segundo, entre que el subrayador cae encima del libro y yo echo la silla hacia atrás. 
En este momento cambio de parecer y M. ya no está en la escalera sino sentado frente al mueble de la cocina donde se guardan los productos de limpieza, preparado para degustar el limpiador jabonoso para madera tratada con olor a jabón de Marsella con el que fregamos el suelo. Pero tampoco parece lo suficientemente creíble, qué demonios. Mientras doy otro paso para salir del cuarto de estudio, decido que ha pasado es que M. ha conseguido trepar hasta el cajón de los cubiertos y está cuchillo en mano preparado para pinchar lo primero que encuentre por la encimera, para seguidamente llevárselo a la boca. 
Aprieto un poco el paso y ya casi he puesto una mano en el marco de la puerta, cuando se me ocurre que no, que lo que en realidad ha pasado es que olvidé cerrar después de ventilar la casa en la mañana y M. se ha escapado al jardín y está a punto de pillarse los dedos con la verja al intentar fugarse y yo no sé dónde están las llaves del coche para salir corriendo al hospital a que le curen la mano, y además tampoco tengo nada claro dónde está el papel que funciona como su tarjeta sanitaria hasta que llegue su tarjeta de verdad y corre la leyenda de que hoy en día si vas sin tarjeta, no te cogen. Para cuando consigo alcanzar el pasillo ya tengo un par de lágrimas fuera y el ritmo cardiaco me va a compás de ska. 
Y llego al pasillo y le llamo intentando que el agobio no se me note -que es que los niños lo pillan al vuelo, de verdad, ni llorar con una peli puedo porque se me acerca, todo solidario él, y empieza a hacer pucheros para acompañar mi llanto-, y no responde nadie y no le veo a simple vista y entonces me echo la culpa por no haberme puesto de verdad en lo peor y no haber aceptado desde el principio que lo que realmente ha pasado es que el jardinero ha entrado en un descuido y se lo ha llevado para venderlo (y entonces me doy cuenta de que por eso me da tan mal rollo el tipo, porque es un ladrón de niños).
Pero no, señores. No, no. Lo que me encuentro cuando me asomo sin aliento a la puerta de la cocina antes de llamar al 112 es a M. con medio cuerpo dentro de la lavadora, colocando con cuidado ropa sucia que yo, descuidada como soy, había dejado en el suelo con la intención de poner una lavadora que nunca llegó a comenzar.
El alivio va poco a poco conquistando el cuerpo y deja una flojera que no se puede describir, así como tampoco la cara de idiota que se me debe de quedar al encontrarle por fin, además de sano y salvo, feliz como una perdiz instalado en esa nueva independencia que ha ido poco a poco conquistando y que me da tanto buenos momentos - es maravilloso poder estar leyendo un libro mientras él se recorre medio salón a su bola- como momentos angustiosos parecidos a este.

El caso es que tengo una charla pendiente con el enano, algo así: Mira, M., vamos a tener que llegar a un acuerdo porque a mí estos sustos fijo que me matan neuronas y eso bueno para conseguir mi plaza, como que no es. Así pues, necesitamos un equilibrio acústico en el ambiente: ni hiperactividad sonora de esa que no deja ni pensar, ni silencio absoluto del que impones cuando la vas a liar que hace que me ponga siempre en lo peor. ¿Y sabes, sabes cómo lo llamaremos? Sí, silencio relativo. Esa especie de parloteo sotto voce que te traes con casi cualquier objeto, ese vale. Y ya si puede ser dentro de mi campo visual (no salirte de la alfombra de juegos que yo pongo frente al cuarto de estudiar, vaya) para que no se me salte el corazón y caiga en el centro del temario, te hago un monumento. O bueno, un colacao, que seguro que te gusta mucho más.